mayo 30, 2006

 

Mujeres de Atenas

Nosotras, en tiempos de guerra,

somos unas combatientes admirables,

aunque nuestros heroísmos estén hechos

a la medida de un libro que nunca se escribió.

A veces entregamos nuestras joyas

a una causa que no entendemos del todo

pero que íntimamente detestamos,

y luego cuidamos, como siempre, de la casa

con una expresión ambigua en las mañanas,

que no es de miedo, pues no somos temerosas

aunque la visión de muelles y aeropuertos

nos estremezca hasta la náusea

y nos persiga en el sueño.

Es verdad que hilamos más que de costumbre

pero es que estas telas recias nunca alcanzan

para la vastedad de nuestros lechos.

Casi todas tenemos la tendencia

a coleccionar las cosas más triviales

como caracoles y vidrios coloreados,

y también todas pasamos muchas horas

inmóviles frente a los espejos

como tratando de develar algún misterio

pero está visto que nunca es suficiente.

Sólo nosotras sabemos

cuánta amargura esconden unas manos quietas,

cuánto oscuro deseo anida en lo sereno,

cuánta violencia late en la sumisión.

Nadie nos llama por las tardes

y cuando rezamos

a la sombra del altar del sacrificio

pedimos de rodillas cosas

que pertenecen a otra tierra

y a otro cielo,

a otro modo de estar en esta piel.

Nunca hablamos con las otras del futuro

-ese terreno fatal de la esperanza-

pero frecuentamos secretamente los oráculos,

con sus vísceras sagradas,

sus hojas de eucalipto y sus sibilas,

e indagamos afanosas en el aire

cualquier signo que confirme

nuestra más íntima sospecha.

Jamás nos confesamos impotentes

pues nuestra fuerza reside en el silencio,

mas al quedarnos solas

a la orilla de la noche interminable

rogamos a los dioses una tregua

o un cambio sutil para la historia.

Alicia Torres


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